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Capítulo 13

Tras media hora de camino y de actuar como "sujetavelas" empezó a rugirme el estómago. Estaba científicamente comprobado que a cada momento de ansiedad o nerviosismo me entraban unas ganas terribles de comer. Así que saqué una manzana de mi bolso y empecé a comer. Vero y Álvaro me miraron extrañados y comenzaron a reírse.
- ¿Y qué tiene de gracioso?- dije yo enfadada.- Vosotros os coméis los morros, y yo me como una manzana.- Automáticamente la expresión de sus rostros cambió.
- Si quieres volvemos a casa, eh.- dijo Vero en tono amenazante, pero me dí cuenta de que mi reacción no había sido justa.
- ¡Lo siento! ¡No quería decir eso! ¡No quería que os ofendiérais!
- ¡Pero lo has dicho!- dijo Vero buscando pelea.
- Da igual, Ester.- menos mal que ahí estaba Álvaro para calmarnos. De no ser así, Vero ya me habría roto la nariz. Esa era su forma de librarse de los problemas, con un puñetazo. Un único puñetazo sorprendente, dado su angelical aspecto.
Seguimos caminando, y yo comiendo al mismo tiempo. Vero y yo nos mirábamos de vez en cuando y respondíamos a algunos comentarios, nada más. Esta noche iba a ser muy dura.
Al poco tiempo llegamos al pub más frecuentado por los jóvenes de la ciudad. En la puerta, esperando, estaba Hugo: vestido con una camisa negra que resaltaba, aunque no en exceso, su cuerpo de dios griego. Mordí la manzana -riquísima por cierto- pensando que me daría tiempo a tragarla antes de que tuviera que saludar a Hugo, pero no: Vero y Álvaro aceleraron el paso y yo no tuve más remedio que alcanzarles y ser la primera saludada.
- Hola, Ester, ¿qué tal?- dijo mostrando su perfectísima dentadura.
- Hola...- posiblemente fue uno de los momentos más horribles de mi vida. Vale, él no se percató del todo, pero le había saludado con la voz de ogro típica de cuando tienes la boca llena. Daría cualquier cosa por volver atrás en el tiempo y cambiar ese momento.
La noche transcurrió con normalidad. Vero y yo fuimos retomando conversaciones a lo largo de la noche hasta que olvidamos el altercado sucedido.
A partir de las doce y media de la noche, Álvaro y Vero se separaron de nosotros para ir a bailar. A mí también me gustaba bailar... pero no se me daba bien: la mejor coreografía que había aprendido en mis dieciséis años de vida era la de La Macarena, y dio la casualidad que no la pusieron en el pub.
- ¿Quieres tomar algo?- me dijo Hugo amablemente mientras se apoyaba en la barra para pedir.
- Una Coca-Cola, gracias.
- Digo algo contundente. Algo que te dé ganas de salir a bailar conmigo.
- ¿Alcohol?- dije escandalizada.
- Claro que sí, pareces nueva.- dijo entre risas.- Parece que no has bebido en tu vida.- "Bebí, pero no consciente", pensé. - Ya verás, te voy a pedir lo mismo que a mí, te va a encantar.
Y me trajo un vaso con un líquido casi transparente, pero no me atreví a preguntar qué era. Tomé un trago, me agarró de la mano y me sacó a bailar al lado de Álvaro y Vero. Ella se dió cuenta de la clase de bebida que llevaba, y me hizo un gesto interrogativo, pero no hice caso. Notaba como tenía más energía cada vez. No estaba contenta, ¡estaba muy contenta! Y era una felicidad no sólo provocada por estar bailando con mi príncipe -en plan amigos, por cierto-.

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