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Capítulo 10

Por fin me encontraba en casa. Bueno, en casa de Puri. Las reformas aún no habían terminado y no se preveía su final muy pronto. Pero a mi padre no le apetecía demasiado convivir conmigo, seguía resentido por lo de aquella noche aunque le repetí mil y una veces que no tenía la menor idea de cómo había podido suceder; así que, decidieron mandarme a casa de Vero hasta que a mi padre se le bajaran los humos.
Por una parte me encontraba muy feliz, todo el mundo desea irse a vivir una buena temporada con su mejor amiga, pero por otro lado iba a echar bastante de menos la comodidad de la habitación de Miguel, el hijo pequeño de Puri. "Son mis vecinos, los veré todos los días" pensé, y a continuación solté la maleta de mi mano derecha para tocar el timbre de la puerta del jardín.
No sonó nada. Lo volví a intentar, pero tampoco dio resultado. Dejé sobre mi maleta varias bolsas que llevaba en la mano sobrante y una mochila; ¡menuda liberación! Empecé a investigar el timbre.
Hacía muchísimo calor y llevaba por lo menos diez minutos intentando hacer sonar el maldito timbre, pero miré hacia arriba, a una de las columnas que rodeaban la entrada: "No funciona, empujar la puerta." ¿Cómo? ¡Había pasado los diez minutos más interminables de mi vida tocando un timbre cuando tan sólo debía empujar la puerta! Me coloqué la mochila sobre el hombro derecho, recogí las bolsas y levanté la maleta; ante la falta de manos, opté por empujar la puerta con una leve patada. Probé. Nada. Cerrada. Volví a soltar la maleta, las bolsas y la mochila. Notaba como el sol me quemaba más y más a cada momento. Empuje la puerta. Nada. Cerrada de nuevo. Me estaba desesperando.
Pero de repente, ¡idea! Llamaría a Vero por el móvil. Rebusqué en mis bolsillos y no lo encontré. Entonces recordé que el móvil estaba dentro de la maleta, y la llave de la maleta perdida en alguna de las idénticas e innumerables bolsas que portaba.
Comencé a sudar en cantidades industriales, así que me recogí el pelo en un moño, me remangué los pantalones y me dispuse a saltar la valla del jardín. Tiré primero la maleta, las bolsas y la mochila por encima de la valla, después iba yo. Está científicamente demostrado que yo no soy un as para el ejercicio físico, y menos en semejantes condiciones, por lo que tardé unos diez minutos en saltar la valla por completo. Miraba una y otra vez hacia las casas de alrededor, esperaba que no me viera ningún vecino.
Ya estaba en la puerta principal, por fin. Llamé al timbre interior, que sí funcionaba, y me abrió la madre de Vero.
- ¡Hola, Ester! No te esperábamos tan pronto. ¡Uh! Vienes sudando, ¿hace mucho calor?
- No mujer, es que me ha dado por practicar salto de vallas antes de venir.
- ¡Sí señora! Está muy bien que hagáis ejercicio. Verónica no está, pero puedes dejar todas tus cosas en su habitación y hacer lo que quieras allí.
Así que, una vez más, recogí todas mis pertenencias del suelo, pero esta vez para recorrer una interminable escalera. Entré en el cuarto de Vero, y solté todo de golpe. Entonces vi el ordenador, hacía bastante tiempo que no entraba en el chat...

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