- ¡Ester!- ¿Qué era eso? ¿Quién osaba perturbar mi sueño?- ¡Ester!
Me levanté muy enfadada, no me gustaba en absoluto que me despertasen a gritos.
- ¿Qué pasa?- grité desde mi cuarto al piso de abajo.
- ¡No cojas nada! ¡Sal corriendo y no cojas nada!- los aullidos de mi madre no eran de enfado, sino de miedo.
- Pero, ¿qué está pasando?- estaba confusa.
Bajé rápidamente las escaleras y lo entendí todo. No me dio tiempo a más. Mi madre me cogió del brazo y corrió conmigo.
Salimos a la calle, donde nos esperaba mi padre, que había perdido gran parte de la ropa y se encontraba en un estado medianamente lamentable.
- El incendio está controlado.- dijo mientras se sentaba en el suelo.
Las llamas habían arrasado prácticamente todo el piso de abajo, pero todos estábamos bien. Abracé a mi madre y me senté en el suelo de la calle, frente a una veintena de curiosos que se habían acercado allí. Repasé sus rostros uno a uno; se encontraban todos los vecinos y varias personas que jamás había visto.
Una de las vecinas se acercó a mí, me cubrió los hombros con una manta suave y cálida y me llevó reposadamente a su casa mientras el resto de su familia hacía lo similar con mis padres. Entonces, empecé a oír a lo lejos la sirena de los bomberos.
Entré en casa de Puri, la vecina, de unos 50 años, divorciada y con dos hijos, Álvaro y Miguel, de 16 y 12 años respectivamente. Puri era la más amable de las vecinas, siempre estaba dispuesta a hacer todo lo que la pidiesen. Era... mi vecina preferida.
Me llevó a la habitación de uno de sus hijos y, por la decoración intuí que se trataba del cuarto de Miguel. Era todo mucho más pequeño que en mi casa, pero era cómodo y reconfortable al fin y al cabo. Me tumbé en su cama, y al momento apareció Miguel, al que no veía apenas, a hacerme compañía y darme conversación.
Las sirenas de los bomberos se apagaron. Por fin habían extinguido el fuego.


